La noche del 4 de noviembre de 2021 fui sola al cine, como lo he hecho en múltiples ocasiones; sin embargo, esta vez me sentí verdaderamente sola. Al salir de la función llamé a mi jefe y le dije lo cansada que estaba: «No aguanto más», pero no me refería al trabajo. Caminé de regreso a mi casa sin mirar los carros, esperando que en un cruce algún conductor distraído terminara con mi dolor para ahorrarme la fatiga de tener que intentarlo nuevamente. Al llegar escribí una última nota en mi cuaderno, avisé a alguien por miedo a que fuera mi ahijado quien me encontrara e hice lo que ya había hecho antes, con la esperanza de que esta vez nadie me salvaría y por fin podría descansar.

Ahora han pasado cinco años. Tengo un pastel de mi sabor favorito en la mesa del comedor de la casa de mi madre, una casa y una mesa distintas a las que me vieron escribir esas últimas palabras cargadas de dolor. Estoy celebrando un año más sin estar hospitalizada, sin una crisis ni un intento de irme. La verdad, nunca pensé llegar tan lejos. Esa noche para mí todo terminó. Recuerdo cerrar los ojos y dejar de sentir; recuerdo pensar que estaba muerta y sorprenderme cuando la luz del techo de urgencias me recibió dos días después, sin ningún recuerdo de lo que pasó después de desmayarme en la cocina de mi casa, junto a mi perra y con un cuchillo en la mano. Dicen que una ambulancia estuvo esperando en portería por casi una hora, que iban a llamar a la policía o la llamaron; dicen que yo abrí la puerta al final, que llegué consciente a urgencias, que hablaba y repetía la misma historia una y otra vez. También dicen que no reconocía a nadie más que a mi amigo que, por cosas de la vida, estaba rotando por urgencias de esa clínica justo cuando llegué allí. Es extraño pensar que todo eso sucedió frente a mí y, sin embargo, yo no estaba. Aunque hablara, era como si no fuera yo. Nunca pude recuperar esas memorias.
Lo que sí recuerdo es la sensación de vacío, de querer morir, descansar. Recuerdo que por primera vez desde 2016 estaba segura de que quería lograrlo, que no quería curarme, no quería otra hospitalización, solo quería apagarlo todo. Recuerdo pensar que nunca iba a poder vivir una vida normal, incluso días y semanas después; recuerdo no saber lo que se sentía tener esperanza, por meses y años.
Muchas cosas han cambiado desde esa noche, cosas que no habría podido imaginar ni en el más loco episodio hipomaníaco. Aunque dolorosa, esa última crisis me llevó a mi diagnóstico y a la dosis correcta de medicamentos, así como a la terapia adecuada para mi trastorno. Me dio el regalo de conocerme, a mí y a mi forma particular de sentir y percibir el mundo; me hizo ser más amable conmigo. Gracias a eso pude volver a soñar, a tener metas, a querer volar alto y hacerlo. He hecho muchas cosas, pero la más importante de todas es que he vivido. Aunque a veces me duela, aunque me dé miedo, durante estos cinco años me he despertado todas las mañanas y he decidido vivir.
Hoy puedo decir que me alegra infinitamente no haber conseguido el resultado que deseaba esa noche de 2021 ni las noches anteriores en las que lo intenté. A veces me siento a contemplar mi alrededor y solo pienso que el mundo es extremadamente hermoso y me siento privilegiada de poder experimentarlo todo, incluso cuando siento que mi piel es tan delgada que el mínimo roce hace que mi corazón se acelere o se rompa. No puedo negar que muchas veces me da miedo sufrir y que ese dolor me lleve de nuevo al abismo. Muchas veces he dejado de disfrutar momentos hermosos por mi miedo a que ese momento no dure y lo extrañe, pero muchas otras veces he gozado de cada instante aunque sepa bien que se va a terminar y me dolerá. Aún hay cosas que me aterran: la sensación de la almohada tibia, del abandono, del rechazo; la idea de entregarle mi corazón a alguien y perderme. Sin embargo, he vuelto a sentir. Tal vez algún día podré volver a amar, y la esperanza de que eso sea una posibilidad es algo que no creía posible.
Creo que cada vez que intenté terminar todo lo hice desde el profundo dolor de sentirme sola. Aunque estuviera rodeada de personas, mis emociones eran demasiado intensas como para ser recibidas por alguien. Tenía demasiado amor y demasiado dolor por no encontrar a quién entregarlo, por no tener una sola persona que tuviera la capacidad de recibir todo y procesarlo, de amarme de vuelta con la misma intensidad. El diagnóstico me dio la oportunidad de entender esto, si es que se pueden llegar a entender las emociones. Sin embargo, ni las pastillas ni la terapia cambian la mente de una persona; solo te ayudan a vivirlo todo sin ahogarte en ti misma. No sé qué vaya a suceder mañana, mucho menos en los siguientes cinco años, pero sé que soy afortunada de estar rodeada de personas que reciben mi amor y me contienen en mi dolor; que mis emociones, aunque intensas, me permiten experimentar el mundo de una forma hermosa la mayor parte del tiempo; que conocerme me ha permitido ayudar a muchas personas que sufren como yo he sufrido; que el sufrimiento, como la felicidad, es transitorio; que vale la pena vivir un día más y repetirlo todos los días.